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LA FIESTA DEL CHIVO (2000)
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
I
En
esta novela Mario Vargas Llosa narra los últimos días del dictador dominicano Rafael
Leónidas Trujillo (1891-1961) , el más sanguinario de los tiranos de Occidente
, sólo comparable con Stalin. Stalin le cambió
el nombre de la ciudad de Volgogrado por “Stalingrado”, así mismo Trujillo le
puso Ciudad Trujillo a Santo Domingo. Sus tropelías que incluían persecuciones,
cárceles , torturas y hasta asesinatos a opositores alcanzaron los más altos
inhumanos niveles que los Estados Unidos le retiraron su apoyo. El intento de
magnicidio contra Rómulo Betancourt involucró a Venezuela en la política de
República Dominicana durante el trujillato (1930-1961).
II
Quienes
cometieron el tiranicidio el 30 de mayo de 1961 fueron llamados por los
familiares de Trujillo “asesinos”. Sin embargo, las cosas cambiaron al poco
tiempo : “Las radios, diarios y la televisión dejaron desde ese día de
llamarlos asesinos; de ajusticiadores, su nuevo apelativo, pasarían pronto a
ser llamados héroes y, no mucho después, calles, plazas y avenidas de todo el
país empezarían a ser rebautizadas con sus nombres”.
III
Uno
de los ajusticiadores tiene dudas religiosas porque puede violar el Quinto
Mandamiento y por eso se aconseja con el nuncio quien le muestra un texto de
Santo Tomás de Aquino(1225-1274): “La eliminación física de
la Bestia es bien vista por Dios si con ella se libera a un pueblo”. Se refiere
al libro del santo “Del gobierno de los príncipes”, donde sugiere el polémico
tiranicidio. Luego de la desaparición de Trujillo fueron recordados los versos
del poeta dominicano Arturo Pellerano Castro (1865-1905) por su evidente
inspiración tomista: “Bendito los que
matan/si es un monstruo de sangre el que se hunde/y un pueblo el que se salva”.
IV
El
urólogo Enrique Washington Lithgow Ceara (1911-1949) fue el primero en examinar
a Trujillo por sus problemas prostáticos. Al tirano no le gustó el diagnóstico
y lo mandó a amatar. Stalin envió a la cárcel al doctor Vladimir Vinogradov (su
hijo con el mismo nombre fue mi profesor de Cirugía) porque le recomendó
apartarse un poco del trabajo por el estrés que padecía, y luego se desató el
famoso caso del “Complot de las batas blancas” cuando varios médicos fueron
encarcelados y torturados.
V
Por
último, hay una escena macabra en la cárcel cuando uno de los héroes-
tiranicidas, Miguel Angel Báez, come carne de una olla desesperadamente porque
tenía mucha hambre: se estaba comiendo a su propio hijo . El
general Ramfis Trujillo, hijo del tirano, en cruel venganza asesinó al hijo de
Báez y cocinó sus carnes. Esto me recuerda una tragedia de Shakespeare, Tito
Andrónico (1593), donde el personaje que da el título a la obra mata a los
hijos de una reina enemiga (Tamora) los cocina y sirve en la cena a la madre.
PÁRRAFOS
1
SANTO
TOMÁS DE AQUINO Y EL TIRANICIDIO
El
nuncio lo hizo pasar a su despacho, le invitó refrescos, lo alentó a volcar lo
que llevaba dentro con afables comentarios dichos en un español de música
italiana que a Salvador le hacía el efecto de una melodía angélica. Lo escuchó
decir que no podía soportar más lo que ocurría, que lo que el régimen estaba
haciendo con la Iglesia, con los obispos, lo tenía enloquecido. Luego de una
larga pausa, cogió la mano anillada del nuncio:
Cuando
Salvador, uno de los que ajustició a Trujillo, duda sobre su acción se aconsejó
con un magistrado de la Iglesia:
--Voy
a matar a Trujillo, monseñor. ¿Habrá perdón para mi alma?
Se
le cortó la voz. Permanecía con los ojos bajos, respirando con ansiedad. Sintió
en su espalda la mano paternal de monseñor Zanini. Cuando, por fin, levantó los
ojos, el nuncio tenía un libro de santo Tomás de Aquino en las manos. Su cara
fresca le sonreía con aire pícaro. Uno de sus dedos señalaba un pasaje, en la
página abierta. Salvador se inclinó y leyó: “La
eliminación física de la Bestia es bien vista por Dios si con ella se libera a
un pueblo”.
2
TRUJILLO
Y LA LITRATURA
Yo
no tengo tiempo para leer las pendejadas que escriben los intelectuales. Las
poesías, las no~ velas. Las cuestiones de Estado son demasiado absorbentes. De
Marrero Aristy, pese a trabajar tantos años conmigo, nunca leí nada. Ni Over,
ni los artículos que escribió sobre mí, ni la Historia dominicana. Tampoco he
leído las centenas de libros que me han dedicado los poetas, los dramaturgos,
los novelistas. Ni siquiera las boberías de mi mujer las he leído. Yo no tengo
tiempo para eso, ni para ver películas, oír música, ir al ballet o a las
galleras. Además, nunca me he fiado de los artistas. Son deshuesados, sin
sentido del honor, propensos a la traición y muy serviles.
Mi
opinión sobre intelectuales y literatos siempre ha sido mala -volvió a decir-.
En el escalafón, por orden de méritos, en primer lugar, los militares. Cumplen,
intrigan poco, no quitan tiempo. Después, los campesinos. En los bateyes y
bohíos, en los centrales, está la gente sana, trabajadora y con honor de este
país. Después, funcionarios, empresarios, comerciantes. Literatos e
intelectuales, los últimos. Después de los curas, incluso. Usted es una
excepción, doctor Balaguer. ¡Pero, los otros! Una recua de canallas.
3
SOBRE
LA RELIGIÓN
-¿Cree
usted en Dios? -le preguntó Trujillo, con cierta ansiedad: lo taladraba con sus
ojos fríos, exigiéndole una respuesta franca-. ¿Qué hay otra vida, después de
la muerte? ¿El cielo para los buenos y el infierno para los malos? ¿Cree en
eso? Le pareció que la figurita de Joaquín Balaguer se subsumía aún más,
apabullada por aquellas preguntas. Y que, detrás de él, la fotografía suya -de
etiqueta y tricornio con plumas, la banda presidencial terciada sobre el pecho
junto a la condecoración que más lo enorgullecía, la gran cruz española de
Carlos III- se agigantaba en su marco dorado. Las manecitas del Presidente
fantoche se acariciaron la una a la otra mientras decía, como quien transmite
un secreto:
--A
veces dudo, Excelencia. Pero, hace años ya, llegué a esta conclusión: no hay alternativa.
Es preciso creer. No es posible ser ateo. No en Un mundo como el nuestro. No,
si se tiene vocación de servicio público y se hace política.
4
RELACIÓN
CON LOS MÉDICOS
El
Benefactor advertía, por la expresión de Balaguer, que éste se preguntaba de
qué o de quién estaba hablándole. No le dijo que tenía en la memoria la cara
del doctorcito Enrique Lithgow Ceara. Fue el primer urólogo que consultó
-recomendado por Cerebrito Cabral como una eminencia-, cuando se dio cuenta que
le costaba trabajo orinar. A comienzos de los años cincuenta, el doctor Marión,
luego de operarlo de una afección periuretral, le aseguró que nunca más tendría
molestias. Pero, pronto recomenzaron esas incomodidades con la orina. Después
de muchos análisis y de un desagradable tacto rectal, el doctor Lithgow Ceara,
poniendo una cara de puta o de sacristán untuoso, y vomitando palabrejas
incomprensibles para desmoralizarlo (“esclerosis uretral perineal”, “uretrografías”,
“prostatitis acinosa”) formuló aquel diagnóstico que le costaría caro:
-Debe
encomendarse a Dios, Excelencia. La afección en la próstata es cancerosa.
Su
sexto sentido le hizo saber que exageraba o mentía. Se convenció de ello cuando
el urólogo exigió una operación inmediata. Demasiados riesgos si no se
extirpaba la próstata, podía producirse metástasis, el bisturí y un tratamiento
químico le prolongarían la vida algunos años. Exageraba y mentía, porque era un
médico chambón o un enemigo. Que pretendía adelantar la muerte del Padre de la
Patria Nueva, lo supo a cabalidad cuando trajo desde Barcelona a una eminencia.
El doctor Antonio Puigvert negó que tuviera cáncer; el crecimiento de esa
maldita glándula, debido a la edad, se podía aliviar con drogas y no amenazaba
la vida del Generalísimo. La prostatectomía era innecesaria. Trujillo dio esa
misma mañana la orden y el ayudante militar teniente José Oliva se encargó de
que el insolente Lithgow Ceara desapareciera por el muelle de Santo Domingo con
su ponzoña y su mala ciencia.
5
ESCENA
QUE RECUERDA A “TITO ANDRÓNICO” DE SHAKESPPEARE:
A
las dos o tres semanas, en vez del apestoso plato de harina de maíz habitual,
les trajeron al calabozo una olla con trozos de carne. Miguel Angel Báez y
Modesto se atragantaron, comiendo con las manos hasta hartarse. El carcelero
volvió a entrar, poco después. Encaró a Báez Díaz: el general Ramfis Trujillo
quería saber si no le daba asco comerse a su propio hijo. Desde el suelo,
Miguel Angel lo insultó: «Dile de mi parte a ese inmundo hijo de puta, que se
trague la lengua y se envenene». El carcelero se echó a reír. Se fue y volvió,
mostrándoles desde la puerta, una cabeza juvenil que tenía asida por los pelos.
Miguel Angel Báez Díaz murió horas después, en brazos de Modesto, de un ataque
al corazón.
La
imagen de Miguel Angel, reconociendo la cabeza de Miguelito, su hijo mayor, obsesionó
a Salvador; tenía pesadillas en las que veía, decapitados, a Luisito y Carmen
Elly. Los alaridos que profería dormido enojaban a sus compañeros.
6
EXTRACTO
DE LAS MEMORIAS DEL DOCTOR PUIGVER “MI VIDA Y OTRAS MÁS” (1981).
El
doctor Puigvert describe su encuentro y consulta médica con Trujillo en las
págs. 174 y 175 de sus memorias. Hace de él esta descripción, propia de un
clínico avezado, acostumbrado no sólo a explorar el cuerpo de sus pacientes
sino también su espíritu: …Leónidas era un hombre ya mayor, ni grueso ni
delgado, con las facciones mulatoide, muy marcadas, hechas a cincel. Tenía el
aspecto de ser hombre frío y por tanto peligroso. De sus ojos se escapaba una
vivacidad impropia de un sexagenario. Había en el fondo de sus pupilas como un
timbre metálico….
Conforme
las revelaciones del gran urólogo barcelonés, su diálogo inicial con el
dictador se desenvolvió en los siguientes términos:
–
T.: Bueno, doctor. Ya sabe usted cuál es el objeto de la invitación. Ha venido
para visitarme y aclarar mi dolencia.
–
P.: Esta mañana he conversado con un médico, aquí presente, y con el urólogo
del hospital, que me han mostrado sus radiografías, sus análisis, su historia
clínica. Pero para mí, el documento de mayor interés es el enfermo.
T: ¿Qué quiere decir con esto?
–
P: Pues necesito saber de usted y que me conteste a lo que le pregunte.
Me
miró un poco de refilón. Estaba dándose cuenta de que al entrar en el terreno
profesional médico era yo quien pensaba llevar la batuta sin concesiones. Y eso
no le gustaba.
T:
A usted le gusta mucho mandar.
P:
Efectivamente, general, tanto como a usted. Y si usted no obedece no nos
entenderemos.
Nuestras
respectivas posiciones quedaron definitivamente señaladas desde el primer
momento. En estas cuestiones después es muy difícil rectificar.
T:
Pues bien, ¡pregunte! – me dijo en torno enérgico.
Inicié
el interrogatorio acerca de sus antecedentes y trastornos actuales. Me
contestaba con serenidad. A continuación, le comenté las radiografías que por
la mañana había examinado en el hospital que traía su médico de cabecera.
Señalé las lesiones y valoricé las imágenes. Estas eran poco precisas, pero
suficientes para ser interpretadas y relacionadas por la semiología clínica que
él había informado.
El
General, como todos los que arrastran largo tiempo una enfermedad, estaba muy
interesado en su tema y antes había oído y contrastado muchas opiniones de
urólogos norteamericanos y europeos. Escuchó atentamente mi descripción; me
hizo repetir algún detalle que se le escapaba. Y cuando terminé, volvió su
mirada inquisitiva hacia el coronel y dijo con un tono seco y acusador:
–
Vosotros no habíais dicho nada de esto. ¿No lo habíais visto en las
radiografías?
La
pregunta fue de tal tono que sentí un escalofrío. Imaginé por un instante al
coronel en el paredón, con los ojos vendados frente a un piquete de
fusilamiento.
Entonces,
para ayudar a mi compañero, y, además, porque era cierto, intervine en su
defensa.
–
Las radiografías no son bastante claras, y por ello poco demostrativas; además,
han sido vistas por otros urólogos.
Trujillo
aceptó el diagnóstico y las propuestas de intervención clínica del doctor
Puigvert.
[Espinal, R. (2022). Trujillo en las memorias del
famoso urólogo español Antonio Puigvert. Recuperado 25 de febrero de 2023, de
acento website:
https://acento.com.do/opinion/trujillo-en-las-memorias-del-famoso-urologo-espanol-antonio-puigvert-9060397.html]
PELÍCULA (2005)
Ambientada
en Santo Domingo, República Dominicana en 1960 y 1961. Narra la época en la que
el general Trujillo fue dictador de la República Dominicana a través de la
historia de Urania Cabral, quien regresa a su tierra natal tras su huida
precipitada del país varios años antes. A su retorno, Urania confesará a su
familia el motivo de su huida.
Mientras
Urania Cabral visita a su padre en Santo Domingo, la acción se traslada a 1961,
cuando la capital dominicana aún se llamaba Ciudad Trujillo. Allí un hombre que
no suda, el dictador Rafael Leónidas Trujillo, tiraniza a tres millones de
personas sin saber que se gesta una maquiavélica transición a la democracia y
su propio asesinato ya se ha puesto en marcha